Qué bonita eras, Dios. ¡Sí, Dios!
No hay otro calificativo en este aire que respiro
Bajo estos cielos que me envuelven, para encarnar lo indescriptible.
El vestido ceñido, los angulosos pómulos, los ojos y la traza,
Cada hebra de su vello, cada partícula del soberbio cuerpo.
¡Dios!…, si eres parte de ella, ¿cómo no nombrarte?
En ti lo endeble era fortaleza y lo posible la ola que agrieta el acantilado.
No sé si te amé desde la certeza, desde la fragilidad o la imposibilidad
Ese miércoles de ausencia y derramada sal, espesa la sangre, caminé poseso
Persiguiendo ningún rostro y todos, tras uno, hasta la mudez y el estrépito
En la estación dejé partir trenes y palomas aguardando la renacida magia
Resignado, me ubiqué en el vagón de siempre, el que repetíamos día a día
El tren orilló el paredón y la tristeza reflejada derritió la tarde y los cristales
Al llegar a Caballito, oh recobrada fe, estabas en el punto justo del andén
Sabía que te encontraría, dijiste al subir y se hizo la luz en el buscado rostro.