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Poesía y poetas

Desde la objetividad del universo, de la naturaleza, la poesía crea al poeta.
Desde la subjetividad del yo, el poeta crea a la poesía.Esta página está dedicada a poetas que admiro, algunos muy buenos amigos desde la letra, otros desde el alma.


¿Dónde se hizo esta
Luz velada ?
El chingolo canta.
Este canto en la luz
como desde el seno
tímido de la luz.
Y las orillas
florecidas,
las orillas
amarillas,
las orillas temblando
en la sensitiva
mirada del río?
Demasiado, demasiado.
Sólo la soledad
apenas
dorada,
con este canto.
Juan L. Ortiz, El alba sube…

 
Un poema es la expresión de ideas o sentimientos en un lenguaje que nadie ha empleado, porque nadie habla en verso.
Fernando Pessoa, El libro del desasosiego.

Emboscado en mi escritura
cantas en mi poema.
Rehén de tu dulce voz
petrificada en mi memoria.
Pájaro asido a su fuga.
Aire tatuado por un ausente
Reloj que late conmigo
para que nunca despierte.
Alejandra Pizarnik, Los trabajos y las noches

En mi oficio o arte sombrío
ejercido en la noche silenciosa
cuando sólo la luna se enfurece
y los amantes yacen en el lecho
con todas sus tristezas en los brazos,
junto a la luz que canta yo trabajo
no por ambición ni por el pan
ni por ostentación ni por el tráfico de encantos
en escenarios de marfil,
sino por ese mínimo salario
de sus más escondidos corazones.

No para el hombre altivo
que se aparta de la luna colérica
escribo yo estas páginas de efímeras espumas,
ni para los muertos encumbrados
entre sus salmos y ruiseñores,
sino para los amantes, para sus brazos
que rodean las penas de los siglos,
que no pagan con salarios ni elogios
y no hacen caso alguno de mi oficio o mi arte.
Dylan Thomas, Poemas completos

Para escribir poesía
tendría que hablarte de agitados despertares,
de ominosos rezos,
de rincones oscuros donde guardo recuerdos.
Para hacer una poesía regresaría al llanto que surge en las paredes,
al sonido del tren atravesando la sala.
A esa geografía tan impersonal y tan mía.
Al triunfal aroma emergiendo de mis poros.
Al hueco que mi cuerpo delata en el vaivén.
Si yo escribo poesía tengo que recordar adioses,
y a mi risa tonta que no espera motivos.
Quieres una poesía que te hable del cosmos,
del trascendente karma que abraza la existencia.
Pero si he de escribir poesía será con las entrañas,
las uñas apretadas de tanta injusticia.
Será incierto el verso, avaro de adjetivos.
Es que sólo evoca la fuerza
que nace de raíces perdidas
creciendo entre los muros.
No tiene belleza,
es apagado rayo entre sombrías selvas.
No hay en ella colores,
ni ángeles,
ni siquiera libélulas.
No tiene himno,
es tarareo,
es susurro,
son apenas notas que esbozan una copla.
Arrastra sospechas y está llena de miedos.
Porque si he de escribir poesía será desde el espanto,
desde el silencioso grito, desde la permanente ausencia.
Para que pueda luego después de tanta muerte,
asomar por fin, lo posible, lo amado.
                   Norma Píngaro

La sombra repite el eco de mi paso
cuando cercena la luz del ocaso.
Descubre con asombro que no tiemblo con el viento,
aunque se incline mi silueta,
aunque prolonguen la noche mis ojeras.

Camino con lentitud campesina,
como si ya comprendiera el ritmo de la vida.
¡Qué el viento agite mis cabellos!
¡Y la luz que declina, encienda mis pupilas!

Nada comparable con la magia de las palabras
y de las sensaciones que alguna vez llegan.
Y lo imposible entonces, lo impensable,
surge como realidad tangible.

Es el momento de…
es el instante de cruzar la línea,
cuando el hombre percibe el eco de su paso,
cuando la luz, cercena el ocaso.
                                   Carlos Fiocchi, Puesta de sol

Hay veces en que uno quiere escaparse de la vida, cuando se acumulan las circunstancias, cuando parece que la cabeza va a estallarnos.
Es el momento en que se nos atascan las ideas y nos damos cuenta que seriamos capaces de hacer cualquier disparate. En ese preciso instante, solemos a veces detenemos. Entonces tomamos una taza de café, buscamos en nuestros bolsillos un papel cualquiera donde volcar todo lo que nos agobia, y al llegar a este punto no se nos ocurre nada, nos quedamos vacíos.
Es que no tenemos respuesta a las interrogantes de nuestra propia vida. No sabemos qué queremos ni adónde vamos. Sucede simplemente, que esta ajetreada existencia nos ha superado. Nos pasó por encima, nos llevó por delante, y nos quedamos atrás, de espectadores. Espectadores de nuestra propia vida y de nuestros sueños, y ya no sabemos dónde quedaron nuestras más caras ilusiones.
Así se nos perdió aquel Capitán de espada bien templada que vencía en los más desiguales combates, y aquel valiente explorador que sometía a las feroces fieras de la selva, y aquel profesor de brillantes cátedras, y aquel cantante que arrastraba masas y era aplaudido fervorosamente, y aquel político que llegaba a las más altas magistraturas. Y aquel…, y aquel… Y aquella interminable lista de triunfos que nos aguardaba y que dolorosamente, como quien pierde a un ser querido, fuimos dejando al costado del camino.
Y un día dijimos: “Esto ya no es para mí”. Y otro día: “Esto tampoco”. Y otro y otro. Y así como fuimos sumando esperanzas, ahora restamos fracasos.
Pensamos: “De que está hecho el hombre, de que está hecho que no se rompe, que no se destruye. Una máquina, la más perfecta, con las mismas fallas, ya no existirla”.
Sin embargo, subsistimos, sobrevivimos, o perduramos, que no es lo mismo que vivir. Y cada día, cuando amanece, también amanece en nosotros una esperanza. Ya no somos un glorioso Capitán, ni un artista, ni un político de fama. Somos algo menos, pero no del todo menos. Siempre, y no sabemos de dónde, nos renace una ilusión. Nos erguimos, respiramos hondo, sacamos pecho, y por un instante, quizás unos segundos, somos otra vez los dueños del mundo. Hasta que ese mismo día o el siguiente la realidad nos dé otra vez una cachetada. Entonces, extrañamente, no nos caemos, continuamos nuestra marcha, y recibimos otra, y otra más, y cuando ya creemos que hemos llegado al límite, en ese mismo momento, nos detenemos, tomamos un café, buscamos un papel para escribirlo todo, y, como ahora, sentimos que no se nos ocurre nada.

                                                                                        Alberto Calós, Una taza de café

Escribir fue también tu miedo,
a veces tu terror a que todos
los regalos de boda, tus sueños, tu marido,
todo te lo quitaran
los trasgos del terror. Tu máquina de escribir
te la arrebatarían. Tu máquina de coser. Tus niños.
Te lo quitarían todo.
El miedo tenía el color de la superficie del escritorio.
Casi conocías sus facciones.
Aquella veta era como su piel, podías acariciarla.
Podías saborearlo en tu lechoso café.
Hacía un ruido similar al de tu máquina de escribir.
Se escondía en los mismos amuletos.
La sirena de terracota en la repisa de la chimenea.
La cazuela de cobre para la fondue. Tus sábanas. Tus cortinas.
Se escondía en tu pluma Shaeffer.
Ese era su lugar favorito. Cuando escribías
solías detenerte a media palabra,
y la examinabas más cerca, negra, gruesa
entre tus dedos-
El creciente terror que en cualquier momento
estallaría de repente y te arrebataría
a tu marido, a tus niños, tu cuerpo, tu vida.
Podías verlo, allí mismo, en tu pluma.

Alguien te la quitó también.
Ted Hughes, Aprensiones (Birthday letters)


Continúa…

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Una respuesta a “Poesía y poetas

  1. Clara

    19/04/2011 at 00:24

    Hoy un poema me escribió.

     

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